No sé si soy consciente de lo que esto conlleva.
Cada día que pasa tengo más ganas de hacerle caso a mi instinto, el instinto que hace que todo en el momento sea perfecto pero que cuando todo acaba es lo que más cuesta olvidar.
Quiero que llegue el día en el que mi cabeza no controle mis actos, en el que no importe nada y pueda hacer lo que quiera por el simple hecho de obtener algún tipo de placer de ello. Quiero que ese día llegue, sin control, sin tensión, sin ningún tipo de arrepentimiento... Pero intuyo que no llegara nunca, mi cuerpo a aprendido a cortar antes de que sea tarde, de controlar impulsos que quizás nunca había tenido necesidad de controlar. Echo de menos un poco de esa locura adolescente, de tener la conciencia bajo llave para no molestar cuando algo me interesa.
Pero quizás sea él, el que haga activar todas mis alarmas, mi conciencia, y encierra la locura, no le deja salir. Quizás sea porque yo misma soy consciente de que es demasiado importante.
Pero de verás quiero un día como ese. De descontrol. Siempre y cuando sepamos que al día siguiente, volveremos a tener el control que necesitamos.
Necesito que mi Pepito Grillo se pierda durante un día entero.

